Puedo escuchar a las sirenas cantar. Casi comprendo el susurro de la brisa. La sinfonía de las olas al chocar contra la muralla de arena termina de adornar el espectáculo. Así es como disfruto la magia de este paisaje eterno, impregnado de nada y de todo. Los sonidos se amalgaman y me llaman todo el tiempo. El agua me acaricia con suavidad, después con furia. ¿Qué hacer? Solo sentir. Tal vez.
Santiago escuchó el tímido llamado de su amigo que esperaba paciente en la calle. Todos los días de aquel caluroso verano iban a nadar al malecón. Los juegos de siempre. Una carrera a la orilla; otra a la boya. Al tiempo que se alistaba, su amigo pateaba una pequeña piedra una y otra vez, como lo hacía con las conchitas que encontraban en las caminatas de regreso a la colonia.
Juan siempre fue buen nadador y Santiago buen perdedor. Ese día el calor era insoportable. La primera carrera los agotó lo suficiente como para que decidieran tomar un descanso antes de comenzar la segunda. A veces pienso que vivir debajo del agua sería genial, ¿no crees?, preguntó Juan. Dicen que las sirenas son hermosas. Santiago replicó con un gesto desconcertante que esos cuentos eran mentira. Juan lo miró con incredulidad. A sus doce años los sueños eran una constante en su vida. Mejor vamos nadar, esta vez si te gano, aseguró Santiago.
Juan se levantó con dificultad y sugirió dejar la carrera para otro día. Le costaba trabajo respirar. El calor lo había agotado mucho y tuvo miedo de perder. Santiago comenzó a reir y a burlarse haciendo el clásico sonido de la gallina. Juan no tuvo opción.
Hoy miro la inmensidad del mar y a lo lejos escucho el canto de las sirenas. Dicen que son hermosas. Ya no nado. La boya es ahora una estructura de óxido. Abrazado a ella está Juan. Ríe y me saluda, me dice que las pudo ver, que no me culpe, que no llore, que debajo del mar sigue siendo muy feliz. |