Primera parte: los refugiados.
“En el 2007 me preocupaba mucho el cambio climático, pero aún más me preocupaban otros cambios que todas las generaciones reconocían en algún momento de ese mismo año. Me resultaba asombroso que existiese un 80% de probabilidad de que un veterinario recuperase el brazo que perdió al intentar sacar una ampolla de un cocodrilo que creía sedado. El problema no era de la Seguridad Laboral en Taiwan, como sería fácil pensar, o de los chinos, como también se afirmó, ni del zoológico. Tampoco del pobre Chang Po-yu's que sólo hacía su trabajo. El problema siempre ha sido el hecho de que somos una fauna muy particular, que vive en manadas, que dañamos sin cesar, amputamos el destino a nuestros hijos, hacemos crucigramas en un mapa de religiones enfrentadas y, apretados en las ciudades, nos deleitamos con lo que podríamos ser. Perfectamente somos capaces de sentirnos orgullosos de nuestros astronautas, de la gente que hace los efectos especiales o de nuestros cirujanos, y éstos son diestros uniendo nuevamente hueso, músculos, vasos sanguíneos o piel. Cada quien hace su trabajo. El mío es preguntar, si tenemos la capacidad de tan elevados conocimientos, ¿cómo es que diseccionamos todo lo vivo a nuestro alrededor? Exagerada la pregunta y condicionada la respuesta. (Chang Po-yu's citado de Reuters, Taipei, 12 de abril de 2007).
Yo vivía, o una familia vivía, de lo que lograba vender hasta fin de mes: pagar sus cuentas, proveerse de los bienes necesarios para añadir un eslabón en el anuario, poner el plato sobre la mesa, asegurarse las vacaciones, adquirir un préstamo, apagar la luz, dormir hasta que suene el despertador y eso de lunes a viernes sólo los más afortunados. Todos vendíamos algo. La noticia valía una tirada o dos minutos y medio en pantalla, mientras más actual mejor en aquella época tan “digital”. La salud se fue a lo privado y hasta allí no llegábamos. Los jueces empezaron a usar martillitos electrónicos conectados a un sistema de altavoces que amplificaban adecuadamente los golpes sobre un censor recubierto con un material que reducía notablemente el ruido. Así que si aceptamos tales barbaridades, cosa que es de nadie esperar, preguntémonos de qué vivía un pueblo, o una ciudad. Más o menos de lo que producía para consumo interno, para consumo de todas las provincias o para el comercio exterior, así como también de lo que adquiría de esos lugares. De este modo era aceptable que un país viviese de lo que producía, vendía y compraba, comunicación mediante, como cuando intercambiamos comentarios con el verdulero entre peras y tomates, teniendo en cuenta que de la mera simpatía hay tan sólo un paso para llegar al trato amable y dos o tres más para construir una relación social. Los pueblos comparten música, el mejor ejemplo de que la vida está plagada de cosas bellas. Incluso podemos divagar sobre si es de más calidad el cine europeo que el cine norte-americano, por seguir hablando de nuestras maravillas. Pero también Canadá, Groenlandia y México forman parte de Norte-América, por lo tanto nos referíamos sólo a Estados Unidos. Siendo estrictos, vivíamos en una película taquillera de esas con escenas picantes y mucho movimiento, ya sea porque fuésemos los tristes actores o los que planeábamos algo con la butaca. Y siempre hay uno más, está muy bien que así sea porque un cajón es un cajón pero un cajón y una guitarra puede ser un caballo desbocado, así que tan sólo éramos ese hombre o mujer que atendía en la taquilla o que proyectaba en la cabina (pecera para algunos), vendedor de caramelos para otros o aquel individuo de la linterna. Así los domingos, una ficción, y al día siguiente a trabajar como cualquier lunes.
¡Nuestras maravillas!
Prefiero seguir con lo del cine europeo porque era un poco mejor, o así me lo parecía, se lo veía consciente de no poder o de no querer competir en nivel de industrialización, ponía su acento en la calidad de una idea o de una historia. Excelentes ejemplos de ello nos brindaron Lars Von Trier, Winterbotton, Haneke o Almodóvar, por nombrar sólo cuatro regiones delimitables. Y esa era otra cuestión: en realidad ya no se podía hablar de Norte-América para referirse a Estados Unidos, ¿era posible entonces hablar de Europa para referirnos a España o a Polonia? ¡Santo Dios con las fronteras! Nuevamente está muy condicionada la pregunta. Cualquier respuesta ingenua daría a entender, sin proponérnoslo siquiera, que Europa carecía de unidad, respuesta absolutamente improvisada que deja a un lado la interrogante inicial respecto al cine.
Antes de una respuesta debe existir un adecuado entendimiento de la pregunta, el cual se logra mediante un proceso lógico de razonamiento, consciente o inconsciente. En caso contrario, es posible que la respuesta tan solo amplíe el margen de confusión, ni siquiera cause gracia o moleste. De ahí que la pregunta “¿es de más calidad el cine europeo que el cine norte-americano?” plantee ciertas dudas. ¿Más calidad se tiene que entender como mejor? Cuantifiquemos la calidad entonces. ¿Se puede decir europeo o norte-americano, qué falla? Desde luego que falla la pregunta y el planteamiento, pero ¿qué más? Una industria muy avanzada pero que funcionaba sin tener en cuenta las delicias del cine asiático, ignorando que el cine de África de vez en cuando nos regalaba una estrella fugaz y que las estrellas no se pueden contar. Cierto es que las co-producciones ayudaron mucho, a pesar de ello la pregunta inicial se queda sin respuesta.
Esta ausencia de explicación, viéndolo a la distancia, quizás se debió a que la música, el cine o la cultura viajaban vía satélite logrando una inmediatez rayana en la teatral, conectando así a enormes porciones de tierra, aunque todas pequeñas en el mapa. Dejaba a cada actor social sumido en la consternación. Esos lugares convivían con la amenaza de algún inminente ataque terrorista, los estados de alerta se multiplicaban y la paradoja incrementaba su absurdo mientras éramos conscientes de que nadie quería vivir así. Inmediatamente digo que no, que nada de esto ocurría, que todo subió y bajó desde siempre, menos los satélites, nunca he visto que caiga uno de esos.
Ese era yo en el año 2007, mi nombre es Samuel y me angustiaba la situación en la que todo se resolvía de manera tan independiente de mí.
Organizaciones en defensa de los animales y de una buena convivencia con ellos, y no he nombrado a los vegetarianos, denunciaban que a los cerdos los hacíamos crecer y engordar de tan mala manera que les cortábamos la cola, porque de estar tan juntos y apretados, comiendo todo el tiempo, llegaban a ponerse tan nerviosos que se lastimaban unos a otros. ¿Por qué? Básicamente porque estábamos acostumbrados a encontrar en el supermercado enormes cantidades de bandejas con costillas, muslos, lomos y un etcétera bastante extenso de cortes posibles, en cámaras refrigeradas y bien iluminadas, grandes superficies, largos pasillos entre estanterías llenas de códigos de barra y fechas de vencimiento. Ya no nos parecían extravagantes Madona, Hedwig and The Angry Inch o Alaska, aunque sabíamos que lo eran, pero la extravagancia no llamaba más la atención. Como sociedad nuestro propio grado de extravagancia nos bastaba, de ahí que dejábamos de apuntar tanto con el dedo, visto que éramos muy dados a acusar, latigazos y a la hoguera.
No se trata de tirar la primera piedra, de las lapidaciones en Irán, de no coger la piedra o de guardarla en el bolsillo, de una nueva escalada nuclear o carrera armamentística, ni de recursos naturales, grado de industrialización, división sin límite de especializaciones, catástrofes naturales, migraciones masivas o peligros de extinción. 2007 para mí fue el año del boicot, para mi pareja fue el año de las elecciones municipales, comparados a nuestros padres éramos jóvenes que íbamos lerda y perezosamente, comparados a nuestros abuelos éramos un auténtico desastre. En algún punto de la línea ecuatorial se hizo un referéndum para saber si se deseaba o no modificar la Constitución. El Tribunal Penal Internacional absolvió a Serbia sin haber consultado toda la documentación. Estados Unidos y sus aliados bombardeaban Irak y Afganistán y tenían una fuerte y activa presencia militar en varios sitios más, especialmente en el Golfo Pérsico. Corea del Norte demoraba su desarme nuclear porque parecía no haber recibido los tristes 25 millones de euros retenidos en alguna entidad bancaria, Irán reafirmaba que ya estaba enriqueciendo uranio a escala industrial con propósitos pacíficos y sociales, Israel y Palestina se mantenían en el epicentro mientras nuevos atentados en Casablanca y Argel sacudían a la opinión pública, al menos a la más occidental, ya que una sacudida en otros lugares quiere decir otra cosa.
Nos invitaron a pasar el puente de mayo en Barbate, Cádiz, o en un pueblecito de Badajoz llamado Galizuela, desde un lugar se podía ver el mar escuchando música y desde el otro las estrellas al encender el carbón. La duda era razonable, lo que pasó en los siguientes veinte años respondía a una lógica y a la mera casualidad, a nuestra increíble capacidad de atraer hacia nosotros mismos todo aquello que nos es afín.
Nuestra hija fue engendrada durante ese fin de semana largo.”
Segunda parte: derecho a la asfixia.
Nadie está en la habitación, un espejo viejo, un ventanuco cerca del techo, una jaula vacía en el piso, una escalera-tijera en el centro y un sillón cubierto de mucho polvo. Se escucha al viento gélido golpeando irregularmente el postigo del ventanuco.
Entra Samuel, lo escuchamos cuando abre la puerta y lo vemos llegar al centro de la habitación con dificultad, está muy cansado, ha dejado la puerta abierta y por eso el postigo se calla sólo un poco y el viento multiplica su intensidad. Lo primero que hace es pasarse las manos sucias por su cara sucia y mojada, sudor frío que recorre su cuerpo. Exhala vapor. Mira el lugar haciendo un giro sobre sí mismo, guarda la pistola en la cintura del pantalón, se quita el impermeable que parece pesado y lo deja en la escalera.
Desaparece dando tres o cuatro pasos y llamando a gritos a su amigo: - ¡Puedes entrar Anélido, aquí no hay nadie, estúpido, no te quedes tirado ahí afuera!
Samuel y un bulto al que Samuel ayuda a acomodarse cerca de la puerta ya están en la habitación.
- Si vamos a estar juntos en esto tengo que decirte algo acerca de mí, de mi persona, de lo que soy o que fui. Vivir, tan solo quiero vivir y quizás me esté muriendo, tengo epilepsia. Tal vez me de una crisis, ¡un ataque, lo presiento! Prefiero verlo como un viaje, no. No. No, papá no se va a morir, está de viaje. Quiero ver a la mujer que amo, no he visto a mi hija crecer. No se va a morir porque está de viaje, ¡qué bonita es! Si veo, no sé qué estoy viendo, ¿entiendes eso? Si me golpeo no soy capaz de sentir el dolor, no sé si estoy de pie, acostado o inclinado, tengo la sensación última de que estoy, en cualquier lugar, de que estoy, de que tú estás ahí. Cuando vuelvo o cuando se va, depende de si es algo que me atraviesa o de si estuve en otro sitio que nunca termino de conocer, distingo que absolutamente todo está relajado, o al contrario, que todo es demasiado movimiento a mi alrededor y que quiero relajarme. Es lo siguiente, el cansancio. Dormir. Que no me incomode nadie. Volver despacio. El camino de regreso es lo que cada vez conozco mejor, ¿o es mi conciencia la que encuentra sitio después de semejante intrusión?, dime. Ahora tenemos una hija y quiero estar con ellas. No puedo seguir con indecisiones, así que si vamos a llevarnos bien es necesario que sepas todo esto de mí. ¿Te queda claro Anélido?, te voy a llamar así. Yo no estoy aquí porque quiera, nunca serví para soldado, sé por lo que vivo y cuando me toque morir espero que no sea a tu lado -cierra la puerta llena de boquetes astillados y señalándole los agujeros le dice: Es tu obligación ver quien vive y darme cuenta.
Se acuesta bruscamente sobre el suelo, casi desmayándose, tiene una pesadilla. Las horas pasan hasta que despierta con frío.
Camina al centro de la habitación, desde allí ve el espejo en una pared, en otra el ventanuco con su imperturbable traqueteo. Recoge su impermeable e interponiéndolo a su propia imagen camina hacia el espejo. Solo después de taparlo escrupulosamente se permite hacer un estiramiento, bostezar y encauzar la vigilia. Camina hacia la escalera y la empuja en dirección al ventanuco. Piensa antes de subir. Sube. Mira hacia fuera.
- Si hubieran tenido dientes habrían masticado; si no les hubiésemos cortado un brazo a esos niños hoy estarían haciendo ruido, jugando ahí afuera, de haber sido la vida diferente podrían haber sentido amor. Anélido, no sabes lo que estoy viendo.
Para cuando Samuel empieza a bajar de la escalera su ánimo ya está por el suelo.
Verifica el estado del sillón levantando el almohadón con delicadeza, como si fuera una trampa y gira en torno al mueble, examinándolo con cuidado. Golpea con el revés de su mano el borde superior del respaldo para sacudir el polvo, no insiste porque la capa es gruesa y porque no le importa. Esconde la pistola en el sillón y se sienta.
- ¡Anélido! Del perfecto estado en que se encuentra todo esto no podemos deducir que siempre será así. El sillón y yo ocupamos el centro, nada más tonto. En cierto sentido, sería mejor que estuviese sentado cerca de alguna pared. ¿Qué pared, cuándo pared, quién pared?, voy a decirlo pero debería callarme. Seguiré así. Llamaré a esto seguir. Pared, debería estar más cerca de la pared. Y tú Anélido, te has convertido en un fabricante de parapetos, estoy indignado, mi cuerpo es un eco de ellas, de sus presencias, sus reflejos, de ese espejo…
Samuel se levanta y va hacia la pared opuesta al espejo. El viento ha cesado pero un capricho inesperado vuelve a golpear el postigo que produce un solo sonido, breve como una señal. Samuel, que está de espaldas al impermeable, al viejo espejo y a todo, gira sobre sí mismo. Son ciento ochenta grados de lentitud absurda, cierra los ojos, levanta muy despacio la cabeza, deja ver un cuello tan largo como sucio y aún más lentamente abre los ojos. El mentón erguido apunta hacia el impermeable caído. Distingue una mancha en el espejo, él se mueve y la mancha se mueve, impotencia, apura cuatro o cinco trancazos hasta el impermeable, casi chocándose con el sillón.
- ¡No es necesario que me vea aquí, no es necesario que me vea aquí…! Es tu tarea Anélido, yo hice lo que pude y tal vez no fue suficiente -mira hacia donde sigue tirado Anélido pero la mirada sin cambiar de dirección pierde su objetivo.
Coge el impermeable con las dos manos, lo estruja como si así pudiese obtener una manzana, una carta, algo, inconscientemente, en cuclillas y bajo el viejo espejo. Se levanta y nuevamente lo tapa o lo cubre, abriga ese eco de su cuerpo o talvez simplemente pone a secar el impermeable. Se deja caer arrastrando la espalda en la pared como un abanico de dudas aireando cualquier seguridad.
- Un impermeable nuevo como el de las tropas internacionales, eso me dijiste.
Respirar, no respirar, mirando a Anélido.
- No puedo callarme, ni quedarme aquí Anélido, no necesito saber nada de mí. Vendrán a buscarnos y nos sacarán de aquí. Hay una buena parte del planeta que está a salvo, que come tres veces al día, con hijos que van al colegio… ¡Mi niña!, ¿dónde están?, ellos no pueden ignorar que existimos, ¿o es que va a llegar el momento en que el olor a podrido los obligue a moverse?
Se levanta y va hacia el sillón donde la capa de polvo se ha desorganizado con su presencia, pero no es menor, sigue siendo abundante, de color ladrillo, madera o marrón. En esa capa deja que se pierdan sus pensamientos en la misma medida que su cuerpo reclama descanso. Se sienta y vuelve a dormir, incluso una noche entera. Hasta que la constancia del ventanuco lo invita al mundo de la vigilia con cara renovada. El sillón es más confortable que el suelo, es de día, quizás falte poco para el mediodía o sea temprano por la mañana, podría estar por caer la noche, tanto frío hace difícil el cálculo. De cualquier forma Samuel tiene otra cara, quizás ya ha asimilado suficientemente todo lo ocurrido, lo cual lo deja después del descanso, entre latas de la International Food Proveeder y pastillas potabilizadoras de agua, dispuesto a descubrir el espejo y ponerse el impermeable, verse cara a cara y largarse.
El sillón se limpió, no del todo, aunque sí bastante durante los dos días en que Samuel vivió en esa habitación. Antes de irse dejó a Anélido su Glock 9 milímetros.
El Tercer Día.
Samuel dejó cerrada la puerta y Anélido ya estaba muerto cuando Samuel puso en su mano la pistola. De ese modo la habitación se quedó vacía. Durante mucho tiempo lo único que se acercó a ese lugar fue el clima. Una pequeña araña pudo vivir muy cómodamente en el cañón de polímero compacto, al mismo tiempo que sus vecinos comieron poco a poco la causa de tanta pestilencia, tiempo en el que tanto uñas como cabello siguieron creciendo. Así fue como Anélido volvió a nacer.
Samuel encontró un camino, una parte por tierra, otra volando y nuevamente por tierra hasta donde creía que estaban su pareja y su hija, en el mayor campamento de refugiados de toda la historia. La guerra no había terminado. |