Desde hace un par de años no es raro que me pregunte hasta qué punto soy conciente de respirar, de hecho me lo pregunto cada vez que fumo, o también me interrogo sobre mi ritmo cardíaco, tomándome el pulso cuando estoy acostado e intentando sentirlo sin hacer nada más. No tiene que ver con cualquier tipo de gesto hipocondríaco, ya que con la misma curiosidad he buscado respuestas para temas como el dominio de masas por parte del Fascismo en la Segunda Guerra Mundial, la historia de la Salsa de Soja o "El Chavo del Ocho" como personaje de Roberto Gómez Bolaños, gran artista mexicano.
Escuchamos con frecuencia todo tipo de música, concientes de ello o no, por unos segundos o unas horas al día y con predominio de sonido electrónico, cabe decir que mientras más escuchamos más variado es el surtido de sonidos. La palabra frecuencia, en los tiempos tan posmodernos que corren, pasa a convertirse en el número de oscilaciones que tiene una onda en un determinado intervalo de tiempo, o por decirlo de otra manera, es la cantidad de veces que me he detenido a mirar los anillos concéntricos que he producido al tirar una piedra en el agua y el tiempo dedicado cada vez a esa actitud tan meticulosa. En definitiva, todo esto tiene que ver con el ritmo y mientras más compleja es esa regularidad más difícil es llevarlo.
Me levanto cuando suena el teléfono-móvil-despertador que dejo al lado de la cama, alguna que otra vez lo apago y sigo durmiendo, pero me veo obligado a levantarme cuando suena el segundo reloj despertador, que es más feo y ruidoso, además siempre está arriba del mueble de la ropa. O sea, que si no me levanto y lo apago enseguida, molestaré aún más a Viv, quien generalmente constata que me he despertado y acto seguido vuelve a sumergirse en el mundo de los sueños. Voy a la cocina. Pongo a calentar agua, corto la barra de pan que se calentará en la sandwichera, saco leche y tomate rallado del frigorífico, dejo todo en la mesa con mi taza y una cucharita, suelo olvidarme el plato pequeño. Desde que tengo aparato de radio también escucho Radio3 porque me gusta mucho, a volumen bajo para no molestar a esa hora, hora prudencial.
Me ducho mientras el pan y el agua del café se calientan. Una ducha rápida, menos higiene personal y más sentido de agua resbalando por todo mi cuerpo, inconciencia que se va por el desagüe, espuma de champú y mundo onírico diluyéndose a buena temperatura hasta que corto el chorro de agua y salgo de la pequeña bañera, tengo la extraña sensación de que he despertado, o casi. Termino de vestirme en la cocina luego de sacar el agua del fuego y apagar sandwichera. Desayuno, recojo las cosas de la mesa, lavo mi taza, la cucharita y devuelvo al frigorífico la leche y el tomate.
Me cepillo los dientes, verifico estar llevando las llaves, el bocadillo para el horario de almuerzo, las gafas, el teléfono móvil, la billetera con el abono-transporte, el tabaco y un libro. Entro en la habitación, beso a Viv sin preocuparme de que se despierte porque considero más grave irme sin el beso, normalmente me dice los buenos días o que tengas un buen día o algo más íntimo, su voz en ese momento es eco de su voz.
Salgo de casa a las escaleras del edificio llevando una bolsa de basura si me di cuenta de que el basurero estaba lleno y si voy bien de tiempo. Generalmente son 50 minutos hasta el trabajo y se divide el trayecto en tres recorridos de diferentes intensidades y duración: de casa al tren subterráneo que curiosamente se llama Metro, propiamente el Metro con una combinación de líneas y, por último, del Metro al trabajo. El que menos me disgusta, es el de los trescientos metros que cuentan desde la puerta del edificio a la boca del Metro. A esa hora están limpiando los bares, la calle y las veredas tienen charcos de agua sucia, algunos comercios empiezan a abrir sus puertas con el jaleo inevitable de persianas de metal, ruido de cajas y cosas. Camino fumando un cigarrillo, pienso en el aire puro de la mañana y tiro la colilla justo antes de enfrentarme a las escaleras del Metro, bajo.
Pico el billete y entro, me dirijo al andén que puede ser azul claro, azul oscuro o rojo, según la línea que tome. Una vez dentro del Metro tengo tres posibles recorridos para ir desde la estación Sol a la del Barrio del Pilar, la diferencia entre uno y otro es la cantidad de combinaciones que se deben hacer y la duración del viaje, que ronda los cincuenta minutos, cinco más o cinco menos. Dos de ellos obligan a una sola combinación de líneas o colores, el tercero y curiosamente el más rápido, obliga a dos combinaciones, pero tiene menos paradas y trenes más nuevos. Pese a poder elegir generalmente sigo el mismo recorrido, voy al andén de la línea roja y me entro en algún vagón de la izquierda porque así estaré cerca de la puerta que me interesa a la salida, son cuatro estaciones.
Dentro del vagón, que es como un espacio entre dos vértebras, miro las caras, esquivo las miradas que me responden, leo un libro o una revista, a veces el periódico gratuito y muy rara vez escucho música. Luego dejo que salgan primero los más apurados de tiempo, papel que a cada dos por tres me toca desempeñar, aunque normalmente salgo cuando otros ya están entrando y a veces durante las cuatro estaciones no tengo lugar para moverme a un costado de la puerta, teniendo que salir y volver a entrar cuando el tren se detiene, para dar paso sobretodo a los que se salen. Subo unas escaleras diminutas en un fluir de personas compartiendo su espacio personal más inmediato, es inútil empujar en estos casos pero siempre hay uno con más prisa que otros. Lugar no apto para desmayos y afines. Bajo por las escaleras mecánicas escuchando al músico itinerante de turno, que es un bandoneón, una voz de mujer, una guitarra, un teclado eléctrico, un inmigrante de la Europa pobre, de algún lugar de África, del centro o del sur América, generalmente acompañados de una pista pregrabada y con la ayuda de altavoces que todos estos músicos suelen tener. Lejos de cualquier duda la que menos me gusta de esta temporada otoño-invierno, llena de excelentes rebajas, es la “mujer del micrófono”, es inexpresiva tanto si canta como si está parada allí sin hacer nada, probablemente sea arquitecta. Sigo caminando, sin querer tropiezo con una vieja por no empujar a un gordo y el marido de la vieja me mira tan mal como despectivamente mira el gordo al marido de la vieja. Bajo las segundas escaleras mecánicas y voy a la parte izquierda del andén. Son diez estaciones, así que aprovecho para leer. Leo. Salgo del tren, me pongo del lado izquierdo en las escaleras mecánicas y subo porque el que está más arriba que yo sube y porque también sube el que está más abajo, ritmo sardina. Dejo el periódico sobre la papelera por si otro quiere leerlo y sigo caminando.
Paso otra vez el torniquete, veo la cara del guardia que a esa hora está ahí como si no estuviera, veo la taquilla del Metro con su luz fluorescente y a la persona que atiende adentro, detrás del vidrio grueso que debe protegerle ante cualquier eventualidad. Veo los anuncios en la pared y al señor ciego vendiendo lotería. A través de las fauces del Metro llego nuevamente a la vereda, de la boca del Metro al trabajo tengo unos doscientos metros. Fumo otro cigarrillo antes de entrar, es el tramo que menos me gusta, los que veo van a trabajar y todos tienen más o menos la misma cara de mecanismo accionado que yo, el guardia o la recepcionista.
Mi trabajo es aburrido, tanto que ahora mismo estoy en ello. Consiste en bajar a la sala uno del sótano uno después de pasar el bolso por un detector de metal y una tarjeta por su lector magnético. Me desplazo hasta mi escritorio que es exactamente igual a otros setenta y dos escritorios en la misma sala. Dejo mi abrigo en uno de los percheros o en la misma silla, el pequeño bolso en la mesa y vacío los bolsillos de monedero, tabaco y teléfono móvil. Me quito el reloj para apoyar mejor la mano y escribir cómodamente, aunque no me está permitido hacerlo en horario laboral, ya que tengo que estar pendiente de las llamadas que puedan entrar a cualquiera de los tres teléfonos que están en mi mesa. Trabajo en el BBVA, contratado por una empresa que es contratada por otra empresa que está contratada por el banco, contesto llamadas de clientes y soluciono pequeños problemas relativos a la informatización de movimientos bancarios. Durante la mañana tengo veinte minutos para desayunar, hay que cumplir el turno porque si uno se atrasa también demora a los compañeros y eso produce mal humor, y el aire que aquí respiramos ya de por sí está enrarecido gracias a tanta calefacción y acondicionamiento del espacio de trabajo. Esos veinte minutos alcanzan justo para ir al bar fumando un cigarrillo, disfrutar del aire fresco, tomar un café con leche, fumar otro cigarrillo antes de volver, la tarjeta nuevamente por su lector magnético, los códigos de acceso para el teléfono otra vez. El reloj gotea segundos, minutos y horas hasta el almuerzo. Si tengo buena compañía prefiero ir al banco de la placita que está al lado, ya que la sala destinada al horario de comida está muy lejos de haber ganado un concurso de decoración de interiores: un cubo con mesas altas y sin sillas, enmarcado por una máquina de zumo natural de naranjas, tres de tonterías como sándwiches variados y dulces multicolores, una máquina dispensadora de gaseosas, cinco máquinas de café y una máquina que cambia billetes por monedas, además de la ventana y la puerta. Es casi un lugar obligatorio cuando llueve mucho y hay que quedarse dentro del edificio, que son dos edificios en realidad, unidos por un pasillo que tiene el acceso principal.
El banco de la plaza, en cambio, es un lugar muchísimo más agradable, puede que nos de el sol de frente, puede que en invierno haga demasiado frío o llueva, y que en ese caso cualquier bar cumpla las condiciones. La cuestión es caminar un poco, fumar sin prisa, charlar sobre cosas ajenas al trabajo, mirar el cielo.
Luego los teléfonos otra vez hasta la hora de salida, con algún cigarrillo más de por medio, es cierto. Los doscientos metros al Metro, el primer recorrido con sus diez paradas, la combinación de líneas, el segundo recorrido con sus cuatro estaciones y los trescientos metros de Sol a casa. Me quito la ropa de calle y me pongo cómodo, ya han pasado invariablemente once horas y media desde que desperté.
Lamento no tener una pipa de opio o una pantalla grande para ver cine en casa, luego me digo que para ese tipo de lamentos primero debería haber probado opio o tener algún lugar donde poner una pantalla de cine. Cocinamos juntos o la comida ya está hecha del día de ayer, cenamos y Viv todos los días me reclama la diferencia en lo mismo, que en definitiva me extraña y pienso que yo mismo me extraño. Hacemos cualquier cosa, pretendiendo que esa cosa cualquiera sea especial porque será lo único que hagamos que con suerte distinga ese día de otro escogido al azar. Nada cambia o el cambio es imperceptible, me vuelvo cada vez más reacio con esa parte de mí que se encarga de percibir los pequeños detalles. Es posible y también es normal.
Roberto Gómez Bolaños dijo que en sus programas, con cada gracia de alguno de sus personajes, trataba la humanización de lo mecánico y la mecanización de lo humano. Chaplin ya lo había hecho en Tiempos Modernos: no logra evitar el mismo movimiento que hace todo el día en la fábrica y lo incorpora a su vida cotidiana como una especie de tic nervioso. Cambio de canal otra vez, hago zapping, pregunto a Viv si compró las pilas, cambio la pila del reloj-despertador como a cada cuatro meses y pongo a cargar el móvil antes de acostarnos. |